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La Bal d'Onsera: parte 3ª (barranquismo)

Un día de invierno a principio de los años 70 (según las fuentes consultadas discrepan entre el 70 o en el 71), un nutrido equipo de montañeros oscenses del G.I.E. de Peña Guara se dirige a la ermita de San Martín. Realizan la aproximación normal por el camino del lecho del barranco, pero en vez de dirigirse a la puerta del cierzo para acceder a la cabecera del barranco, estos montañeros continúan ascendiendo y escalan todos los resaltes que se les presentan hasta llegar a la ermita. En el día remontan y descienden el barranco de San Martín.

En la primavera de 1995, Patrick Gimat intenta también remontar el barranco de Lenases. Asciende las 6 últimas cascadas, pero todavía desconoce que el barranco en total va a sumar casi 30 resaltes rapelables. Vuelve en agosto empezando esta vez desde arriba y se encuentra la parte superior ya equipada. Primera decepción.


En otoño de ese mismo año, otra vez Gimat accede desde el collado de San Salvador a la parte superior del valle y desciende los estrechos de cabecera que terminan en el circo de la ermita. Para montar los rápeles aprovecha la vegetación que encuentra en esta parte superior del barranco, pero al llegar al resalte final descubre de nuevo que lo que será el rápel de 22 metros ya está equipado. Segunda decepción.

En noviembre de 2006, Cheba y quien escribe estas líneas damos plantón a los colegas que han ido a otro barranco aprovechando que han venido al concurso de tapas de Huesca y nos lanzamos a descender la cascada de la ermita. Toda la información de la que disponemos son las dos líneas que aparecen en la biblia de Salamero Sierras de Piedra y Agua que dice que en el circo de la ermita hay una "cascada interesante sólo como tal (aunque ya ha sido descendida)". La aproximación es un infierno de pinchos y mala roca, pero cuanto más nos acercamos al salto de la cascada mejor pinta tiene aquello. Encontramos un rápel equipado casi al final, a pesar de que nosotros hemos montado cinco rápeles antes sin vestigios de presencia humana previa. Nos asomamos al vacío, estamos en lo que parece la salida de la cascada. Buscamos los anclajes de los aperturistas. Nada. Seguimos buscando. Nada de nada. Misterio. Dudas. Mal rollo. Hay que picar y ya no tenemos tan claro dónde estamos. Pica Cheba un spit, pico yo el otro. Bajo. Asomo el morro por el desplome y veo que es todo volado; me asomo más y veo la ermita. Estamos donde queríamos y en 40 metros de emoción contenida llego al suelo. Salamero nos confirma que sí, que la cascada ya había sido descendida, pero no encontramos respuesta de qué hicieron los desconocidos aperturistas en el rápel de la cascada para no dejar nada. Unos meses más tarde, regreso con los Tresacos y compruebo que la aproximación que hice con Cheba era quizás la peor de las posibles. Los aperturistas probablemente accedieron por toda la cresta de las Peñas del Mediodía continuando el acceso de Lenases.

LM3 ve las fotos y nos comenta la posibilidad de que una de las canales que se ven desde cabecera sea barranqueable. Al poco tiempo estamos de nuevo ahí para comprobar que canal sí, pero barranqueable no. Al final, sale esto.


Después de todo este tocho -lo he resumido al mínimo, creedme- la conclusión es que de los 5 descensos de esta bal sólo se hace uno, y poco. El cauce principal es una bonita manera de empezar en el mundillo de los barrancos ya que prácticamente lo único que hace falta saber es rapelar, pero ojo con las recomendaciones que se leen por ahí, ya que es imposible salir seco. Lenases se hace muy poco, debido a su dolorosa y trabajosa aproximación y a que sus pozas suelen estar podridas si no ha llovido recientemente y los otros 3 cauces -estrechos de cabecera, cascada y afluente- son para gustos muy particulares.

Recordar también la prohibición de descenso (artículo 2, párrafo b de la normativa de Guara) de los 100 primeros metros de barranco aguas abajo de la ermita. Hay que andar por el camino, que es más cómodo, más rápido y no jodes a los animalicos.

Todas las fotos son con la cámara de Cheba, pero las desenfocadas sospecho que las hice yo.

La Bal d'Onsera: parte 2ª (escalada)

¡¡Que no me dejan, oiga, que no me dejan!!

Previendo esta entrada he hablado hoy con mucha gente para informarme y todo el mundo me ha dicho que lo deje estar, que mejor calladito y que las cosas delicadas mejor no menearlas mucho.

Así que la inspiración que recibió Josune en San Martín para ir a liberar vías a Ordesa y el ataque peregrino que le llevó a Christian Ravier a visitar esta zona, me las guardo en el tintero.

Hala, soy un blogger standard. Cortar y pegar.

Edito: feb'09
Yo no me atreví en mi día a colgar nada de información, pero Luichy es bastante más valiente, así que enlazo aquí su entrada sobre la escalada en la Bal d'Onsera.

La Bal d'Onsera: parte 1ª (senderismo)

La Bal d'Onsera -o Val d'Onsera, de las dos maneras lo vamos a encontrar- es un territorio curioso. Pocas zonas son tan visibles pero tan inaccesibles. Llegando a Huesca desde el sur y observando la sierra de Guara los ojos se nos van al Salto de Roldán (algún día hablaré de este sitio si no me canso antes del blog) y un poco a la derecha observamos unas llamativas crestas que en diagonal de izquierda a derecha caen hasta el llano. Estas crestas, que son la cabeza de los mallos que sólo se adivinan desde fuera, hacen de jaula para la Bal d'Onsera, encajando este pequeñísimo valle que no llega a 1 kilómetro cuadrado de extensión en unas paredes que cuentan con varios cientos de altura de increible vertical.

Este rincón de Guara es conocido sobre todo por su ermita de San Martín. La primera vez que hice esta excursión me hubiera gustado llegar a su final sin saber lo que me esperaba al terminar mis pasos, porque es verdaderamente espectacular aún sabiendo lo que esperas. Pero no quiero adelantar acontecimientos.

Se llega por pistas bien indicadas desde San Julián de Banzo, un pequeño pueblo al pie de la sierra donde antiguamente se canalizaba el agua que abastecía a la ciudad de Huesca. Desde que dejamos atrás el coche ya entramos en un ambiente curioso, entrando en el cauce del barranco de San Martín y recorriendo su fondo casi íntegramente hasta que un pequeño afluente por nuestra derecha nos permite seguir remontando. Rodeados de bosque llegamos a la Puerta del Cierzo, punto estrecho de paredes desplomadas con un pequeño manantial, donde podremos tomar fuerzas para la subida que nos espera.
Hasta ahora el camino ha sido prácticamente llano, pero ya viene lo bueno. Nos encontramos con el camino que viene desde los campos de Ciano (zona de Vadiello) y que es bastante menos transitado y comenzamos una subida sin tregua siguiendo el mismo ambiente de bosque que nos ha precedido. Tras unas cuantas lazadas de sendero llegamos a la pared, continuando pegados a ella hasta encontrar una placa en la roca que recuerda a un joven de Barluenga que murió en el camino; al leer la placa siempre surge la discusión en el grupo de si murió despeñado porque se le soltó un bloque o murió aplastado por el bloque. Se aceptan interpretaciones.

"Alberto Lacasa y López, hijo de Alberto y de Ramona, natural de Barluenga, nació en dicho pueblo el 7 de enero de 1823 y murió de desgracia a los 20 años cerca del barranco inmediato procsimo (sic) al camino en que habiéndose acogido a un peñasco para salir del punto en el que se hallaba se desprendió causándole su muerte. Viageros (sic) rogad a Dios por él"

Pasada la placa, tenemos dos opciones: Paso d'a Biñeta, muy fácil, pero con algún paso de cable que puede echar para atrás a gente poco preparada o con algún impedimento (ser mayor, llevar perro... cosas de ésas). El otro camino, más largo y menos bonito, es el paso de los burros que rodea la parte baja del collado de San Salvador y parece que fue el utilizado para la restauración de la ermita de San Martín.

Al llegar al collado de San Salvador se abre el mundo. La vista es extensísima; hacia el sur se vislumbra el horizonte de "la tierra plana" y a nuestros pies intentamos adivinar en las profundidades el cauce del barranco de San Martín que ni siquiera se atreve a asomarse intimidado por la presencia de los enormes mallos que tenemos enfrente.

El descenso al barranco es fácil, pero no deja de impresionar. Cada vez nos vemos más metidos en el abismo y una vez en el cauce nos quedamos sobrecogidos por la inmensidad de las paredes que nos rodean. Desde aquí, remontamos unos minutos y un ambiente cada vez más cerrado se apodera de nosotros hasta dar de frente con la bellísima cascada y la ermita de San Martín. Cuesta creer que un punto tan recóndito fuera visitado desde tan antiguo (la fecha fundacional del cenobio se remonta a la alta Edad Media).

Cuentan las leyendas... hala, eso para otro día.


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